¿La política es para los políticos?

Entendemos que en la vida hay temas íntimos, privados y públicos. A los temas íntimos le corresponde a cada uno ocuparse y hay quienes los ventilan haciéndolos públicos, pero allá ellos. Ese no es el punto de análisis en esta columna ni en este medio.

Los temas privados nos atañen a todos: trabajo, esparcimiento, afectos, estudios propios y de nuestros hijos y distintas maneras de cumplir nuestros proyectos y satisfacer nuestros gustos. Siempre, obviamente, respetando los derechos de los demás.

Pero los temas públicos son “la política”, la cual no comprende solamente la participación en un partido político, sino también ocuparse de alguna manera por los asuntos públicos.

Hay asuntos públicos políticos y no políticos. Por eso existen los partidos políticos como herramientas para presentar propuestas en las distintas elecciones, las asociaciones (empresariales, de consumidores, de profesionales, etc.), las fundaciones (que estudian determinados temas y elaboran propuestas para su solución) y otras formas de ocuparse de temas que exceden lo particular.

Es entendible que muchos particulares se alejen de la política, sea por las excesivas responsabilidades a cumplir en el día a día o por el desprestigio de la misma (“son todos ladrones”, “es difícil participar” y otros fundamentos igual de válidos se escuchan cuando se convoca a participar).

Pero aun respetando fundamentos y decisiones, considero que es un error dejar la política para que los políticos se ocupen de ella como si fuera una actividad propia. Y caen en el despilfarro, los negociados, el nepotismo y en llevar al Estado al gigantismo que, en el caso de la Argentina, ya no podemos ni debemos seguir manteniendo.

Delegamos en el abogado un litigio porque sabe del tema y en el odontólogo un tratamiento de conducto porque es lo suyo. Pero la política nos toca a todos.

Un ejemplo concreto: hace unos días, en el municipio de Berisso los concejales votaron multas de $ 40.000 para quienes cometan la locura de prestar el servicio de Uber. El fundamento de dicha disposición, según uno de los ediles, es “la defensa de los taxistas”. Nada de importarles el vecino, el cliente, el pasajero.

Ellos, los concejales, se creen entes superiores que pueden decidir cuál actividad se puede ejercer y cuál no. Una locura.

Por este y otros motivos considero que cada uno debería preguntarse: ¿En qué puedo ayudar a que mi barrio/ciudad/provincia/país esté mejor?

Siempre se puede aportar tiempo, ideas, recursos, etc., más aún cuando en la política está el deber de defender lo propio y la posibilidad de que otros decidan sobre nuestras libertades y nuestro patrimonio.

Comentarios

Guillermo Lanfranconi

Abogado, analista de gasto público, activista por los derechos ciudadanos, agente de la propiedad industrial y colaborador de la Escuela para la Libertad Integral. Autor de los libros Yo pago, tú paga$, ello$ ga$tan.