Las ventajas de una economía abierta y basada en el libre mercado

Primero y principal: De nada sirve compartir carteles en Facebook u otras redes sociales con soluciones “mágicas” porque con eso no se logrará absolutamente nada.

Segundo: En el hipotético caso de que todo el mundo hiciera lo que dice el cartel, les cortarían esos servicios y tendrían que andar con velas, bañarse con agua fría, cocinar en una fogata en el patio y comprar agua mineral en el mercadito chino del barrio. Si aumenta la venta de velas y de agua mineral al punto de que empiecen a escasear, subirá el precio de ambas cosas (regla elemental de la oferta y la demanda), con lo cual no servirá de nada dejar de pagar los servicios porque esa no es la solución, ya que en realidad es bastante más compleja que publicar un simple cartel en una red social.

Una de las soluciones sería crear una asociación civil o entidad similar con suficientes adherentes para generar conciencia en la gente y crear “masa crítica”, con el objetivo de hacer una petición oficial a las autoridades competentes para que deroguen las leyes que establecen subsidios a las empresas de servicios involucradas. Esos subsidios son dinero que sale de los impuestos que todo el mundo está obligado a pagar, generando así corrupción y toda clase de negocios turbios entre “empresarios” y políticos porque para ellos es plata que cae regalada del cielo.

Representación gráfica de los políticos, no importa en qué época o de qué país.

Los “empresarios” que hacen negocios con el Estado no son empresarios, son mercantilistas. Los políticos que hacen negocios con los privados para beneficio propio no solo son políticos, sino también demagogos. Un empresario es aquel que ahorra dinero y arriesga su capital para realizar una actividad legal con fines de lucro, sin importar el tamaño de su negocio. En este sentido, el dueño de un kiosco del barrio es tan empresario como el dueño de una cadena de supermercados.

En una economía abierta de tipo liberal, con un mercado libre y basado en la oferta y la demanda, este problema casi no existe. Uno de los grandes inconvenientes que tenemos en Argentina es que el vocablo liberal se ha convertido en una mala palabra gracias al aparato de difusión y propaganda implementado por todo tipo de movimientos de izquierda desde hace décadas. Pocos recuerdan que a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, Argentina era la 2ª potencia militar de América y la 6ª economía del mundo, cosa que se logró mediante 40 años de gobiernos liberales. En los años 1910s y 1920s competíamos contra Estados Unidos para ver quién sería la próxima potencia a nivel mundial. Después de las dos Guerras Mundiales, ellos afianzaron mediante su economía el lugar que hoy tienen mientras que nosotros tuvimos peronismo, y ahí fue cuando empezamos a padecer la decadencia generalizada de la que aún no podemos salir. Por eso tenemos desde hace poco más de 70 años una economía predominantemente de tipo socialista, donde el Estado mete la cuchara en todo, especialmente en la economía cuando implementa controles de precios, cosa que jamás ha funcionado en 4.000 años de historia por la sencilla razón de que para eso está el mercado.

Imagen de la Argentina ante el mundo en un diccionario español de 1919.

Si las empresas de servicios no contaran con los generosos subsidios que les regala el Estado, dependerían únicamente de las ganancias que obtienen mediante su propio trabajo, con lo cual deberían esmerarse en ofrecer cada vez mejores servicios al menor precio posible. Y en una economía abierta, donde cualquier inversor puede crear una empresa, incluso sería posible tener más de una empresa proveedora del servicio que sea, compitiendo entre ellas para captar la mayor cantidad de clientes, brindando un mejor precio y un servicio más eficiente que sus contrapartes. Pero para eso hace falta una legislación clara que favorezca el libre comercio, con impuestos bajos y con reglas de juego que no cambien a cada rato, porque si carecemos de eso no podemos pretender inversión alguna.

La raíz de este gran problema es que los únicos que tienen el poder de quitar los subsidios a las empresas de toda clase son los políticos, es decir el propio Estado. Y jamás van a hacer tal cosa porque para ellos significaría perder jugosos negocios con los cuales se benefician enormemente para mantener sus fastuosos trenes de vida. No importa de cuáles políticos estemos hablando, ni a cuál partido pertenecen, ni qué ideología profesan. Son todos iguales, del primero al último. Por eso, en un país como el nuestro, es prácticamente imposible romper ese círculo vicioso que nos mantiene estancados y sin poder despegar desde hace varias décadas. La historia misma lo demuestra.

Saquen ustedes sus propias conclusiones.

Informático Analista de Sistemas de Computación. Librepensador, escritor y documentalista. Webmaster de El Despertador.

Comentarios

Ricardo Portilla

Informático Analista de Sistemas de Computación. Librepensador, escritor y documentalista. Webmaster de El Despertador.