A mayor avance tecnológico, más posibilidades laborales para el ser humano

El avance inusitado de la tecnología que se ha producido en los últimos treinta años parece poner en jaque el mundo del trabajo tal y como se lo conoce hasta el presente. Múltiples análisis, notas periodísticas, estudios científicos y opiniones de expertos vaticinan la escasez de posibilidades para los humanos que parecen estar destinados a ser reemplazados en breve por máquinas que harán el mismo trabajo que cada uno hacía hasta ahora, pero de manera más eficiente y con mayor eficacia.

Sin embargo, el ser humano es posiblemente el que mayor adaptabilidad ha demostrado en su larga existencia como especie y el que más ha evolucionado. Las personas tienen una maleabilidad vital que les permite adaptarse a circunstancias increíbles, diversas, inesperadas, fortuitas o no tanto, dificultosas, sorprendentes o habituales, sea cual sea el escenario donde estas se presenten, desde una perdida cueva en un agreste lugar hasta una moderna oficina situada en una torre inteligente de alguna ciudad del primer mundo. Y sea cual sea la condición en que se encuentre cada quien en un momento determinado, desde un grupo de jóvenes e inexpertos adolescentes deportistas vestidos con equipos de fútbol hasta avezados hombres de negocios rodeados de múltiples herramientas científicas y tecnológicas.

Como parte de esta especie singular que es el ser humano, los trabajadores no escapan a estas posibilidades de adaptación, sino que muy por el contrario, pueden y desarrollan efectivamente condiciones de subsistencia necesarias que los hacen dueños de habilidades y aptitudes que –sin lugar a dudas– podrán poner en juego para beneficiarse de los avances tecnológicos. Todas las profesiones tradicionales, tal y como hoy se las conoce, ofrecen márgenes de libertad creadora para que sus representantes mejoren sus posibilidades laborales, a la vez que contribuyan a mejorar la calidad de vida de la especie.

Como muestra de estos conceptos basta mencionar algunos ejemplos, a saber: el uso de la realidad virtual por parte de los psicólogos para tratar fobias, entre otras enfermedades psíquicas; el desafío para los expertos economistas y financieros de encontrar nuevas maneras de evaluar las criptomonedas con parámetros ad hoc; la utilización de la moderna tecnología disponible por parte de los médicos para avanzar en la medicina personalizada y para combatir diversos problemas físicos que surgen a partir de la masificación de la tecnología; la demanda a arquitectos para crear espacios orientados al co-working y otras modernas formas de trabajar; la necesidad de que los psicopedagogos generen nuevas técnicas de enseñanza-aprendizaje que el cerebro digital de adultos y niños requiere; el aprovechamiento de las infinitas nuevas posibilidades de expresión artística que a músicos, pintores, escultores, etc., se les abren como la tan difundida música electrónica; la necesidad de los abogados acerca de reglamentar modalidades de interacción interpersonal diferente, por ejemplo a través del uso de redes sociales; o la de los contadores para mostrar en sus registros la importancia del capital intelectual de las empresas… y la lista podría continuar.

Finalmente, es necesario destacar también que la creatividad, una capacidad específicamente humana que no discrimina entre ricos y pobres, ni entre gente más o menos instruida. Más aún es un capital que posiblemente se encuentre en mayor cantidad entre la gente con menos recursos. Recuerdo al respecto un pequeño cuadro que estaba colgado en el patio de mi casa de la infancia que decía “La necesidad es madre de toda invención”. La posibilidad de crear oportunidades y de utilizar recursos propios como la imaginación, la proactividad, la adaptabilidad, el uso de la intuición, la diversidad de perspectivas y la creatividad no hacen diferencias, son activos de cada persona que se potencian en el encuentro con los otros. El mundo es del ser humano, el del trabajo en un contexto digitalizado también, solo hace falta abordarlo y dominarlo como hasta ahora, como ha sido siempre.

Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la UCEMA.

Doctora en Dirección de Empresas y Profesora de Recursos Humanos en la Maestría en Dirección de Empresas en la Universidad del CEMA (UCEMA).

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Cristina Minolli

Doctora en Dirección de Empresas y Profesora de Recursos Humanos en la Maestría en Dirección de Empresas en la Universidad del CEMA (UCEMA).