La democracia en peligro

En Argentina, desde 1983 se decidió vivir en democracia. Hartos de la violencia que produjo la aparición del terrorismo y la represión militar, y apenas finalizada una guerra con Inglaterra, se optó por la paz y se votó a Raúl Alfonsín como presidente, quien en su campaña, reflejando lo que quería la gente, recitaba el preámbulo de la Constitución.

Pero circunstancias históricas particulares han impedido que el consenso democrático funcionara adecuadamente como instrumento para elegir alternativos programas de gobierno. La legalidad democrática se vio constantemente amenazada por perturbaciones originadas en el movimiento sindical y por los dos períodos de gobiernos kirchneristas.

Hoy, con una economía en terapia intensiva y con un sistema de partidos extremadamente débil si se lo compara con el poder de los sindicatos, es difícil augurar un futuro sin tormentas, y sobre todo, que marche paralelo con el paradigma liberal de la Constitución.

El movimiento sindical que intenta ocupar funciones de los partidos como parte de la intelectualidad, del peronismo y de la Iglesia, se hallan todavía dominados por las ideas que le impuso el gestor máximo de la Revolución de 1943, el expresidente Perón allá por 1945, donde la sociedad comenzó a resumirse en los moldes del Estado. Aún siguen seduciendo a estos sectores las ideas nacionalistas que ensangrentaron a Europa y sedujeron en el siglo XX, con mezcla de modernidad y amor por la tradición, no solo a Europa sino también a América. En nuestro país penetraron esas ideas desde 1930 en la política, en el ejército profesionalizado y en la intelectualidad tradicionalista y reaccionaria. Vinieron para quedarse, obnubilando la realidad con el tinte fuerte de los colores nacionales.

La política de Perón se ajustó perfectamente a ese clima que ha perdurado hasta nuestros días, haciendo trizas los valores democráticos. Desde entonces se desprestigió la democracia –el sistema de partidos aún es una caricatura– y se agregó a la espontaneidad del mercado el concepto de justicia social. Perón, como todo líder populista, nos engañó con discursos cargados de amor a la patria denostando el ámbito de la libertad, donde prosperan todas las teorías y el Estado tolera la libre expresión y la crítica, fundamentales para la innovación y el progreso. Así se expresaba: “Sería impropio anunciar la codificación del trabajo en el preciso instante de producirse el tránsito entre el abstencionismo del Estado que fenece y la futura acción estatal que comienza”.

La democracia no perdura sin sus pilares y el sistema de partidos es uno de los más importantes. Existe solo si está protegido por principios y normas generales de tinte liberal aceptadas por todos. La llamada Ley Sáenz Peña de 1912 tuvo como meta crearlo, fijando las reglas de procedimiento para integrar a nuevos sectores sociales que pretendían participación política, surgidos del progreso económico logrado por la Generación del ’80. Lamentablemente, el inestable partido en ciernes que había organizado al país con ideas modernizantes –originadas en Europa occidental– no logró crear un heredero político. Fue Perón quien, apropiándose de ideas nacionalistas con tinte socialista típicas del fascismo, atrajo a las masas disponibles que carecían de jefe o partido y que aparecen en sociedad luego del desarrollo industrial de los años 1920s y 1930s. Se cambió el rumbo con la ayuda del capital acumulado por los gobiernos anteriores.

No olvidemos que la socialización política tiene suma influencia sobre el liderazgo político y éste sobre aquella. Si ante la falta de un sistema de partidos, o por debilidad de dicho sistema los sectores sociales con suficiente capacidad demandan directamente el poder creando situaciones de desorden social –como ha ocurrido en el pasado y en la actualidad–, un poder autoritario puede llegar a ser una alternativa para contenenerlos. En las crisis aparecen los mesías con ideas grandilocuentes que prenden entre la gente desilusionada y con necesidades de grandes milagros para encarar otra vez la vida.

¿Cómo hará el presidente Macri, hoy decidido por imposición de las circunstancias, a bajar el déficit fiscal y seguir las directivas del FMI para salir de la difícil situación, sin el apoyo de los sindicatos, con una oposición dividida, sin programa alternativo de gobierno y con buena parte de la sociedad acostumbrada a vivir del Estado, socializada por liderazgos autoritarios? ¿Podrá contener un gobierno democrático pero débil a una sociedad enojada por la crisis económica, con líderes sindicales enfrentados al gobierno y un sistema de partidos casi inexistente, donde las ideas de independencia económica, justicia social y críticas al capitalismo aún marcan el ritmo en los discursos de muchos de los que quieren gobernar al país?

Hay que estar atentos y tratar de ir a la médula de los problemas económicos para que podamos, con años de continuidad democrática, afianzar sus instituciones y crear buenas propuestas alternativas, y así persuadir pacíficamente a la opinión pública.

Es fundamental buscar soluciones eficientes que despidan para siempre al superestado monstruo que ha comido la energía y la creatividad de los argentinos y provocado los excesos en el gasto público, mediante políticas que perduren en el tiempo, alejadas del falso nacionalismo –enemigo del capitalismo– favorable a la intervención en el orden espontáneo del mercado para redistribuir, con el pretexto de justicia social, la riqueza producida por la comunidad.

No hay que esperar una crisis más profunda para mirar con detenimiento cómo han salido países exitosos de situaciones parecidas. Y además debemos recurrir a nuestro pasado, que muestra que siempre nos ha ido mal cuando abandonamos el credo liberal creyendo en libertadores de las masas oprimidas, restringiendo el orden espontáneo del mercado, provocando de este modo los repetidos desbarajustes que también vivimos en la actualidad.

Tenemos que ser cuidadosos para no lamentar caer en el mismo pozo, empobrecernos y además perder grados de libertad, el mayor de los tesoros, sin el cual la vida se militariza. En el presupuesto que muestra el gobierno, no se ve interés en una intensa y renovadora reforma del Estado, sin la cual no podrá salir del círculo vicioso que no nos permite despegar. Es hora de escuchar a quienes saben u otra vez la realidad les dará una afligente lección.

Fuente.

Autora de El Crepúsculo Argentino (Ed. Lumière, 2006). Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Miembro del Instituto de Economía y Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

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Elena Valero Narváez

Autora de El Crepúsculo Argentino (Ed. Lumière, 2006). Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Miembro del Instituto de Economía y Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.