Elecciones, motivaciones y socialdemocracia

Si bien el factor económico es, como se dice, un móvil muy importante y muy frecuente por el cual el ciudadano decide su voto, no es el único. Las elecciones económicas –las que incluyen el voto a candidatos políticos, según agregan quienes así argumentan– están influenciadas por las emociones humanas. Desde el punto de vista praxeológico, esto se puede objetar de varias maneras.

Para la praxeología, economizar es optar, elegir entre diferentes alternativas. Y como toda acción implica una opción, toda acción es económica, donde se descartan unas alternativas a favor de otras. Esto incluye al voto político, también llamado sufragio. Al votar por un candidato a un cargo, se está descartando a los restantes. Praxeológicamente se trata de una acción económica. Aún cuando se acepte que una decisión está influida –mucho o poco– por elementos emocionales, la acción final que se emprenda será económica en el sentido indicado. Ahora bien, las motivaciones por las cuales un votante elige al candidato A en lugar del B, también son económicas en última instancia.

Vivimos en un mundo estatista, donde está tan aceptado que los gobiernos intervengan, manipulen o dirijan por completo la economía, que tenemos en cuenta principalmente a la economía al momento de emitir el sufragio. La gente está convencida de que sus destinos económicos están y seguirán estando –totalmente, o al menos en una proporción muy importante– en manos del partido al que pertenece el candidato ganador. En consecuencia, su voto se orientará hacia aquel que promete más bienestar económico a corto o mediano plazo.

Las llamadas motivaciones no-económicas, como por ejemplo la educación, la salud, la previsión social, la seguridad personal y jurídica, la corrupción, etc., son todas económicas en última instancia por todos los motivos mencionados. Lo sepa la gente o no, todas esas actividades solo pueden sustentarse y desarrollarse contando con los respectivos fondos que, en el imaginario colectivo, han de ser adelantados por los gobiernos, cuando sabemos desde la más pura ciencia económica que esto nunca ha sido ni puede ser así.

Todo lo que un gobierno gasta ha sido previamente sacado del bolsillo de los contribuyentes mediante impuestos u otros artilugios “legales”. Entonces, a la hora de votar evaluamos cómo fue la gestión económica de un funcionario si pretende ser reelecto, o cómo suponemos que lo será en caso de que no hubiera ejercido el cargo aún. Y comparamos todo eso con nuestra situación económica personal. Esto se da especialmente así en lugares donde los gobiernos son más intrusivos en la vida ciudadana.

Claro que en nuestras elecciones también entran a jugar otros constituyentes, ya más de índole personal, como por ejemplo el carisma del candidato, su liderazgo, sus actitudes personales, familiares, etc., que más bien cumplen un lugar secundario –salvo casos excepcionales– en relación a las motivaciones económicas. La cultura media del elector es otro ingrediente decisivo, ya que no solo cuenta su formación cívica sino su nivel de educación, porque de acuerdo a ellos será la opinión que se haga de los candidatos y lo que determine su voto.

En promedio, nos parece las motivaciones económicas, según se las entiende popularmente, ocupan un 50 % de la intención de voto, y el otro 50 % lo representan las motivaciones llamadas (o percibidas por el ciudadano como) no-económicas: educación, salud, seguridad, justicia, previsión social, etc. El político que ofrezca mejorar estas cosas respetando esas prioridades del votante será quien finalmente se alce con el triunfo.

La visión socialdemócrata del electorado donde el gobierno/Estado es una especie de Santa Claus o Robin Hood moderno, terminará votando al candidato que mejor prometa cumplir con dichos roles. La socialdemocracia, a la cual nos hemos referido en muchísimas oportunidades, representa un grado por encima del más básico saber económico. Este nivel ultra elemental de «conocimiento» económico es el que ofrece el marxismo, y radica en la pura intuición de lo que parece «evidente» a los ojos de cualquier persona sin discernimiento de economía: que hay gente que posee cosas que otros no poseen. De allí a concluir que lo que unos tienen se debe a lo que otros no tienen, hay un paso tan simple como el que terminan dando la mayoría de las personas sin suficientes conocimientos de economía.

A esto se refería Friedrich Hayek cuando insistía en que la economía es una ciencia contraintuitiva, es decir que sus verdades no son evidentes por sí mismas. Por esta razón no ha existido jamás en la historia ningún gobierno liberal, sea democrático o antidemocrático.

Aquel razonamiento marxista que está errado, también está matizado por el no menos equivocado razonamiento socialdemócrata, en el sentido de que el Estado-nación debe cumplir con la mal llamada «justicia social», es decir, quitarles cosas (que les pertenecen a unos) para dárselas a otros (a quienes tales cosas no les pertenecen), lo que en esencia no tiene demasiada diferencia con la fórmula marxista que proponía lo mismo, pero por medio de la fuerza bruta revolucionaria. La única discrepancia entre marxismo y socialdemocracia es que esta última persigue idéntico fin, pero a través de los votos. Por eso antes se usaba una expresión más clara, como la de socialismo democrático, y luego se la abrevió para disimular mejor, quedando como socialdemocracia.

Lo que hoy no parece aceptarse de ningún modo es que el gobierno se abstenga de intervenir en la economía, lo cual es fruto de esa ideología socialdemócrata que se impuso mundialmente, donde se enrolan la mayoría de los partidos políticos internacionales con más o menos variantes, pero todos enfilados detrás de la «filosofía» socialdemócrata. Claro que si se les dice tal cosa a algunas personas, lo negarán enfáticamente. En su lugar dirán «No, yo soy de izquierda/derecha/centro», pero pocos admitirán ser socialdemócratas. La gente prefiere manejarse con expresiones estereotipadas y ordinarias que divulga el periodismo, que es la fuente principal de información, y lamentablemente, hasta de formación de muchos ciudadanos.

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Gabriel Boragina

Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas. Egresado de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas). Fundador, Director, Editor y Redactor de la revista de divulgación académica Acción Humana.