La solución pasa por el rumbo alberdiano

“El Gobierno no ha sido creado para hacer ganancias, sino para hacer justicia; no ha sido creado para hacerse rico, sino para ser el guardián y centinela de los derechos del hombre.” –Juan Bautista Alberdi.

Juan Bautista Alberdi, el padre fundador de la Constitución de 1853, nos señaló con claridad al explicarla, que en el artículo 14 están sus fines primordiales: todos los habitantes deben gozar de los derechos de trabajar y ejercer toda industria lícita, navegar y comerciar; entrar, permanecer, transitar y salir del territorio, usar y disponer de su propiedad, de asociarse con fines útiles, de profesar libremente el culto, de enseñar y aprender. Además, la Constitución no solo enumera los fines, sino que fija los límites del poder de los legisladores.

Toda ley que se oponga a la libertad del hombre es, como bien lo explicó Alberdi, un ataque a la prosperidad del país y a los fines de la Constitución. Es por ello que quienes tenemos fe en la libertad como motor de la prosperidad y el progreso somos contrarios a las políticas dirigistas e intervencionistas. Desde que el presidente Macri asumió la presidencia, se ha presentado como un gobernante partidario de la libertad. Es cierto en el plano político, pero muy a medias verdadero en el plano económico y financiero

En lo económico, continuar un rumbo similar al anterior nos condujo a la situación actual, donde el Gobierno no se puede sentir con demasiadas esperanzas de ganar las elecciones. A pocos meses de que los partidos reclamen la elección del elector, el Gobierno intenta tímidamente algunos cambios después de seguir con la trasnochada política de aumentar el gasto público para mantener a un Estado elefantiásico que sigue complicándolo todo. A esta altura, la única probabilidad de éxito de los dirigentes del gobierno es tomar decisiones políticas atrevidas.

Portada del manuscrito original de la Constitución original, liberal y alberdiana de 1853.

Fue atinada la idea de recurrir al Fondo Monetario Internacional a tiempo. Tuvieron que dejar atrás la arrogancia de considerarse unos iluminados para someterse a los dictados de una realidad que se les mostraba adversa. Pero como siempre lo subrayamos, no hay suficientes rectificaciones como para lograr ponderables resultados y las elecciones ya están en puerta, con la amenaza del regreso de uno de los peores gobiernos de la historia argentina. El gobierno actual y la ciudadanía enfrentan un grave peligro institucional. Habría que restaurar la confianza porque es un factor decisivo, sin el cual no hay esfuerzo que valga.

Se necesita que el presidente prometa en la campaña un cambio rotundo que suplante el debilucho rumbo seguido hasta ahora. Un cambio que ponga a cada argentino por delante de sus preocupaciones, dejando de presentar y culpar al gobierno anterior de la lenta asfixia que soportamos, por cuyos errores perdimos una gran oportunidad de cambio favorable debido a que perseveraron en políticas keynesianas y desarrollistas. El actual gobierno no se decidió por una política económica que supere a la del gobierno kirchnerista.

Es hora de animarse a tomar decisiones sin esperar a las elecciones. Estamos ante problemas urgentes, aunque allegados al presidente traten de oscurecerlos, aconsejando que se esperen los resultados electorales mientras “se hace la plancha”. No se pueden quedar con declamaciones como “el kirchnerismo no puede volver”. Así no se inspira confianza ni se solucionan problemas acuciantes que inciden en la vida de los argentinos.

La única manera de salvar la situación angustiosa que vive el gobierno y que le permita una chance de ganar las elecciones o regresar al poder en un futuro, es atraer otra vez a quienes le dieron su voto, agrupando a todos los argentinos que aún conservan una débil esperanza y aprovechando la aversión que produce la exmandataria en importantes sectores sociales.

Debería rechazar abiertamente y a viva voz la doctrina peronista, que aún está prendida como garrapata en toda la oposición. Decidirse y encarar en el discurso y en la práctica, con coraje de estadista, una doctrina liberal que no es otra que la contenida en la Constitución alberdiana, promoviendo con seriedad un gran cambio socioeconómico, con el imprescindible sostén político para que sea posible.

Pero no le conviene quedarse en declamaciones. Se ha prometido mucho, cumplido poco, y lo que es peor, se ha dicho una cosa y se ha hecho otra. Así no hay confianza que valga. ¿Cómo se puede tener fe en un gobierno que parece ir a la deriva? Los argentinos no estamos en la luna, es por ello que se nos debe el respeto que merecemos.

Dicen que la campaña que se basará, entre otras cosas, en inaugurar obras públicas. Sería mejor que se explicara un programa de emergencia para bajar la inflación adecuadamente. Para que cualquier plan sea exitoso, debe atender el fenómeno inflacionario. No podemos pensar en el “desarrollo” en vez de cómo bajar apresuradamente los índices de inflación.

Ya sabemos por experiencia que con políticas de desarrollo no se disminuye la inflación y que la obra pública sea la excusa para la emisión sin respaldo porque nos lleva a que perdamos el control sobre la emisión. En la actualidad padecemos una inflación nos lleva a devaluaciones forzosas, al deterioro del nivel de vida de la gente, al aumento de tarifas de electricidad, de los combustibles y de los servicios que dependen directa o indirectamente del Estado, entre muchísimas otras cosas. A mas gasto, más impuestos, más emisión o más deuda para que el Estado pueda sostenerse.

Es peligroso resignar las libertades que en el plano económico proclama la Constitución, al igual que apoyar lo que empobrece. La oposición que ha sido cómplice de que se siga con una política de gasto público, ahora debería unirse para ayudar a erradicarla y no esconder la cabeza como el avestruz. A todos les conviene el ajuste de los gastos y debe hacerse cueste lo que cueste, o aumentarán los grados de pobreza y podrían aparecer conflictos sociales.

Más que pensar en las elecciones, deberían tomar medidas para mejorar la situación económica. No basta con sinceridad y buenas intenciones, hay soluciones ya probadas en otros países con éxito, cuyas políticas de reducción del gasto público, equilibrio fiscal, liberación de los mercados y eliminación del déficit cuasifiscal, entre otras disposiciones, les sirvieron para salieron adelante.

Cuando uno se acerca al precipicio, lo que desea es tener un conductor valiente que dé el golpe de volante antes de caer y así poder salvarse. El presidente Macri no tiene opción, no es cierto que deba seguir con el mismo plan que sus antecesores, tal como dijo. Si lo hace, nos acercaremos una vez más a la catástrofe.

Se necesitan acciones racionales donde el gobierno abandone la soberbia y haga una evaluación crítica de la situación actual y de las metas a optar, así como de los medios para alcanzarlos, calculando costos y beneficios. Aunque sea difícil separar lo racional de lo emocional e irracional en un año electoral, si sus intenciones son buenas como la mayoría creemos, no debe dudar en hacerlo. Corresponde comenzar una lucha imprescindible contra las normas y valores anticapitalistas, apegados aún a las tradiciones heredadas del fascismo peronista, donde la fuerza de las corporaciones era muy fuerte y por lo tanto había menos horizonte para la iniciativa individual.

Somos muchos los que deseamos el éxito del gobierno actual y puede lograrlo si acierta en el diagnóstico de la realidad, para así estar más cerca de alcanzar soluciones correctas que disminuyan al mínimo la pobreza, la desocupación y la inflación entre otros males.

Que el presidente Macri esté de acuerdo en abolir la pobreza y ofrecer más posibilidades de calidad y nivel de vida a todos, no nos asegura que utilice procedimientos adecuados para conseguirlo, y es lo que observamos. Esperemos ver si se decide a crear condiciones que mejoren la economía para no equivocarse, y se también se anime a enfrentar alguna consecuencia no deseada en pos del bien de los argentinos.

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Elena Valero Narváez

Autora de El Crepúsculo Argentino (Ed. Lumière, 2006). Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Miembro del Instituto de Economía y Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.