Un año difícil…

Los repetidos fracasos nos han hecho desconfiar de la política y los políticos. Los partidos se encuentran debilitados por las luchas entre facciones y el Congreso muestra incoherencia total, desacreditando aún más al sistema político argentino.

En ese torbellino están pasando desapercibidas noticias que impulsan medidas contra la Constitución. Lo han permitido tantos años de ataques al sistema democrático, hoy vacilante y minado por la corrupción, sin condiciones suficientes para resistir los ataques de líderes sin escrúpulos, que buscan más poder y menos controles a sus actos de gobierno.

Necesitamos políticos profesionales que observen al país con una óptica similar a la que tuvieron Alberdi, Mitre, Urquiza, Sarmiento o Roca, y que muestren un esfuerzo renovado cada día para encaminarnos hacia el progreso, demostrando que disparan con flechas potentes para dar en el blanco.

Ninguno de los candidatos con posibilidades de llegar a presidente ha exhibido un plan coherente y objetivo para morigerar los problemas que nos tienen a mal traer.

No es posible, por ejemplo, que siendo la inflación un fenómeno tan conocido y padecido por culpa de la acción irresponsable de muchos gobiernos, no se haya acertado con las solución ni se la haya evitado, como lo hacen en la actualidad otros países.

Tendríamos que desconfiar de los políticos que en realidad continúan con la vieja costumbre de los discursos presuntuosos y sin contenido en vez de renunciar, esquivando así la responsabilidad de construir nuestro propio destino en vez de permitir que el Estado lo maneje. La gente debe exigir a los candidatos responsabilidad en un año que será crucial para la República.

Ya que no podremos elegir, entonces optemos por lo más razonable, rechazando la vieja política y los partidos de un solo hombre. Estamos en una situación económica comprometida pero hay soluciones. Se tendría que comenzar a implementar un plan de emergencia para que la economía dé un vuelco favorable el año que viene.

La inflación es el problema que no hay que descuidar. Influye negativamente sobre la calidad de vida de la gente, especialmente en los sectores más vulnerables, aquellos a los que se debería cuidar en vez de imponerle las peores cargas. No olvidemos que el desorden que provoca la inflación ha desembocado en muchos países en gobiernos autoritarios, a los que se les abren los brazos en pos de una reacción a los estragos que la misma inflación produce.

Las subvenciones son parte del enorme gasto público. Por más que se otorguen con las mejores intenciones, no deberían concederse indiscriminadamente, tal como lo han hecho tantos gobiernos. La corrupción por lo general es elevada y gran parte de la ayuda no solo se pierde sino que también perjudica. La solidaridad debe ser transparente y medida, y el que la recibe debe asumir el compromiso para ayudarse a sí mismo lo más que pueda. Solo así la ayuda recibida no será gratuita, sino una oportunidad para aprender y crecer como persona.

El sistema capitalista, tan resistido aún debido a la mala propaganda de intelectuales socialistas y peronistas, es el que sacó de la pobreza absoluta a millones de personas en países atrasados, originando su ascenso social y cultural también en otros países sometidos a la influencia capitalista, generando un gran sector de estratos medios.

En Argentina se ha enseñado a odiar a sectores generadores de riqueza y prosperidad como el sector agroindustrial, sin que éste sea responsable por quienes están mal. Es el gobierno y sus políticas dirigistas, intervencionistas y estatistas el que los convierte en marginados o excluídos.

La experiencia nos muestra que los políticos no han aprendido lo suficiente para no repetir en nuevas condiciones las locuras del pasado. Aún así tienen posibilidades de ser votados. Candidatos aparecidos de la galera, con las mismas ideas, asoman al poder sin ninguna preparación previa. La responsabilidad de los intelectuales y políticos serios es enseñar, racional y emocionalmente a los electores acerca de lo que sucedió en el pasado, delatando a quienes envuelven los problemas en una tonalidad diferente para repetir los mismos errores.

De la lucha de ideas entre los liderazgos en pugna dependerá si Argentina se acerca a países que tienen buena calidad de vida, lejos del terror autoritario, o se sumerge en el populismo una vez más, con la consiguiente destrucción de las instituciones democráticas. Todo dependerá de lo que piensen sus habitantes.

Los candidatos con alguna posibilidad de ser electos, proyectan mejorar la economía pero ignorando o modificando las leyes del mercado, esa inmensa urna donde se manifiestan las preferencias de la gente. Algunos creen, con buenas intenciones, que de esta forma se podrán obtener mayores beneficios en el corto plazo. Ignoran que es imposible hacerlo sin lastimar o destruir a los miembros de la sociedad. Es lo mismo que ir contra las leyes de la naturaleza.

No se entiende que el fundamento de todo mercado es el respeto al marco normativo fundado en valores universales, donde todas las decisiones basadas en él son voluntarias. Aunque las normas nunca son perfectas, pueden mejorar o empeorar.

El problema es la naturaleza humana, allí donde empresarios, obreros, intelectuales, sacerdotes y otros, sienten que pueden obtener alguna ventaja espuria sin ser castigados, violando cualquier norma que trate de moderar sus apetitos de cualquier tipo, sean socialistas, liberales, de centro o de izquierda. Solo una mejora en la institucionalidad podrá mitigar estos perjuicios y elevar los grados de eticidad que reclamamos.

Los mercados, aunque no son perfectos, siempre existen en la medida que hay intercambios. Los mercados pueden ser distorsionados y sus funciones ignoradas, pero persistirán como “mercados negros”. Si no se va hacia un orden social abierto, no habrá una dinámica capaz de generar crecimiento y las transformaciones que se buscan. Si bien la aventura de la libertad no evitará las crisis, sí hallará una respuesta adaptativa a sus desafíos. Por el contrario, la intervención en el mercado, aunque sea con propósitos bien intencionados pero contrarios al orden espontáneo y no en su dirección, terminará en una crisis de mayores proporciones, perjudicará a la mayoría y lastimará el funcionamiento global del sistema, provocando y agravando la pobreza.

El gobierno, más allá de ganar o perder las elecciones, debe actuar de acuerdo a las expectativas de los mercados, mejorando la información y fortificando la institucionalidad que los apoya. Será difícil y se necesitan decisiones políticas arduas, pero nos irá mejor. La crisis es un problema de las orientaciones de las personas frente a las opciones que ofrece el mercado, o frente a medidas intervencionistas a la funcionalidad de los intercambios. Las crisis de nuestro país, en su mayoría, responden a medidas contrarias al mercado y tomadas por el gobierno.

Por ejemplo, el reparto de los bienes que ha hecho tantas veces el Estado, con grandes intermediaciones corruptas, fue realizado gracias a exacciones arbitrarias o impuestos. Para ello, primero tuvo que haber cierta expansión capitalista, ya que sin ella no hubiera existido la riqueza disponible para realizar tal reparto. Es más claro que el agua, pero las ideas antipatria continúan poniendo anteojeras para que muchos argentinos sigan con los ojos cerrados. Por eso algunos estamos tan preocupados ante un 2019 muy difícil.

La democracia nos permite un cambio pacífico y con libertad para manifestar ideas críticas acerca del gobierno vigente. No votemos a quienes acechan detrás de la puerta, o a quienes quieren derribar las instituciones liberales por acción u omisión. Votemos a quienes estén más cerca de asegurarnos un rumbo hacia la libertad política y económica.
 

Artículo subido por Iván Grattone.

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Elena Valero Narváez

Autora de El Crepúsculo Argentino (Ed. Lumière, 2006). Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Miembro del Instituto de Economía y Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.