Ricos y famosos

Puede decirse que la gran mayoría de las personas quieren ser conocidas por diferentes razones:

  • Los empresarios, vendedores y profesionales para captar clientes.
  • Los políticos para lo mismo, pero traducidos en votos.
  • Los empleados para conseguir empleo.
  • Los religiosos para tener a quienes predicar.
  • Los docentes a quienes enseñar.
  • Etcétera.

Es decir que prácticamente todos queremos ser más o menos conocidos por muy disímiles razones.

¿Pero existen personas que quieren ser conocidas simplemente por el hecho de ser conocidas, independientemente de lo que otros opinen acerca de ellas? Muchos buscan protagonismo para hacerse ver, es verdad. Pero siempre hay una finalidad detrás de esa búsqueda, aunque no sea explícita a primera vista ni evidente por sí misma, y los famosos no siempre consiguen una excelente opinión de ellos por parte de la gente que los conoce.

La fama no es algo que la opinión pública otorgue gratuitamente. Quien quiera ser famoso, debe dar algo a cambio de su fama. Ni más ni menos que como todo en la vida. Cuando la fama crece, genera en partes casi iguales tantos «amores» como «odios» a los famosos. No solo se goza de fama como se suele decir, sino que también se sufre de ella. Cuando la ecuación se desbalancea hacia el lado de los odios, la fama ya no es tan agradable y apetecible como suponen normalmente quienes la persiguen afanosamente.

Hitler fue un hombre «amado» por millones, lo que permitió su ascenso y permanencia en el poder, de otra forma no podría ser explicado. Sin embargo, ese «amor» y apoyo popular se fue transformando lentamente en odio a medida que su opresión y agresividad aumentaban. Es probable que cuando tuvo certeza de que había sido definitivamente derrotado, no habría deseado llegar a ser tan famoso. Otros tiranos y personajes sinestros tuvieron mejor suerte y salieron indemnes y famosos de la historia, pese a sus masacres y miserias generadas (Iósif Stalin, Mao Tse-Tung, Juan Perón, Che Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez, etc.). Para sus enemigos fueron famosos por sus crímenes; para sus partidarios, por sus «ideales». Para cuál de los dos bandos fueron más famosos, es imposible saberlo.

Existe la creencia de que todo el mundo quiere que los demás tengan una gran opinión de ellos. Este deseo es bastante difícil de plasmar en la práctica, por no decir imposible. A veces, hasta en la propia familia hay severas desavenencias como ya advertía Jesús durante su paso terrenal por este mundo. Pero hay otras personas para quienes la fama está por encima de cualquier otra cosa, incluso de sus afectos personales, posiblemente porque se cree que la fama trae dinero, con independencia del amor o del odio que se tenga por el famoso.

Sin embargo, parece que aquello de que la fama trae fortuna por sí misma, no siempre es así. Si se piensa en ejemplos como el de la Madre Teresa de Calcuta, que pese a su fama era pobre. O el ejemplo mismo de Nuestro Señor Jesucristo, a quien su fama no le reportó riqueza –que nunca la buscó–, sino que le llevó a la cruz.

Algunos opinan que la fama se procura porque se considera que otorga poder al que la ostenta. Un poder que no siempre se traduce en algo monetario. Para tener poder hay primero que ser conocido. Hablamos naturalmente de poder sobre los demás, porque para tener poder sobre sí mismo basta con conocerse a uno mismo.

Algunos anhelan el poder para ser famosos pero invirtiendo la ecuación, porque para tener poder, primero uno debe ser conocido, y cuanto más conocido, más famoso será. Y a mayor fama, mayor poder (para bien o para mal). Ese poder que incluye el ser «amado» u «odiado».

Aunque deliberadamente se busque el poder para ser famoso, ese no es el orden en que se lo genera, sino que primero viene la fama y después el poder. ¿Poder para qué? El poder puede quererse con diferentes finalidades. Por ejemplo, para tener dinero. ¿Y para qué sirve el dinero?, básicamente para comprar bienes o servicios. No olvidemos que la fama no depende de quien la ambiciona, sino de quien la concede. No existe un famoso sin alguien que lo afame. Y afamar a quien no merece serlo es un gravísimo error, pero muy común en nuestro tiempo. Muchos de los famosos de hoy no merecen la fama que se les otorga.

Sin embargo, lo anterior no siempre funciona así. Muchos poderosos se esconden detrás de testaferros, creando la ilusión que el poder está en estos últimos y no en quienes los contratan. Y los primeros pagan para hacer «famosos» a sus sustitutos, en tanto ellos permanecen en el anonimato y conservan todo su poder. Así, muchos supuestos «ricos y famosos» sólo son famosos pero no verdaderamente «ricos». Simplemente «otros» (los verdaderos ricos) han pagado la publicidad suficiente para hacerlos pasar por ricos en lugar de ellos.

Esto no siempre tiene fines delictivos, sino que a veces se hace con fines preventivos para no ser víctima de delitos. La riqueza ajena atrae a gente decente y también a delincuentes de todo tipo. Una manera eficaz de protegerse de estos últimos es simulando que la riqueza no pertenece a su auténtico dueño, sino a un tercero que en realidad tiene su patrimonio en cero.

Cierta vez conocí a un hombre muy acaudalado que poseía una flotilla de los mejores coches último modelo de las marcas más costosas. Pero en sus movimientos diarios usaba un desvencijado automóvil usado, muy antiguo y en mal estado, para no llamar la atención de los ladrones o que intentaran robarle los autos mejores y más caros. Ningún «amigo de lo ajeno» repararía en alguien conduciendo un cascajo de cuatro ruedas.

También hay ricos que esconden sus riquezas poniéndolas a nombre de personas de escasos recursos, o de sociedades que en los papeles son gerenciadas por indigentes. La riqueza genera fama cuando se divulga y atrae a todo tipo de personas, tanto honestas como no. Y la riqueza genera para el rico dos problemas por parte de la sociedad: a) que les digan que donen su riqueza a los pobres; b) que los ladrones quieran robarles esa riqueza mediante el fraude o por la fuerza, igual que el gobierno cuando cobra impuestos.

Por lo tanto, ser «rico y famoso» no es tan buen negocio como se supone. Algunos valoran más ser ricos anónimos. Otros ser famosos, aunque no ricos.

Comentarios

Gabriel Boragina

Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas. Egresado de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas). Fundador, Director, Editor y Redactor de la revista de divulgación académica Acción Humana.


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