Sin perspectivas de cambio

Hoy la mayoría de las encuestas le dan el triunfo en las elecciones de octubre a Alberto Fernández, quien promete a cada sector lo que cada uno de ellos pretende obtener, aunque esas promesas resulten contradictorias entre sí y sean irrealizables. Si llega a la presidencia, es muy probable que no promueva el cambio fundamental que necesita Argentina para progresar.

La amenaza a la República y a la democracia es un miedo aprendido de quienes han vivido acontecimientos políticos peligrosos a lo largo de los años. En un país donde las instituciones liberales no se cuidan como corresponde, su defensa se deja en segundo lugar la mayoría de las veces. Las crisis económicas animan a mirar para otro lado, aún cuando corre peligro la Carta Magna.

Muchos argentinos nos preguntamos por qué no podemos salir del circulo del eterno retorno, donde todas las oportunidades de cambio terminan en una vuelta al sistema que regula la economía por medio de controles de todo tipo: precios máximos, cuotas, permisos de importación, entre muchas otras medidas dirigistas, creyendo que de esa forma se pone en vereda a los mercados.

Apenas aprieta la economía, aparece el estatismo que nos amenaza desde el primer peronismo. Las principales actividades económicas se vuelven apetecibles para un Estado con vocación administradora, y nuevamente se cree que el desarrollismo es la panacea, donde el gobierno alegremente intenta forzar el desarrollo implementando barreras y restricciones a las importaciones para fomentar la industria nacional. Desde el gobierno se decide a cuál empresa subsidiar o promocionar. Esto provoca generalmente sacarle al sector más productivo, el campo, único competitivo a nivel internacional.

El sistema estatista, intervencionista y desarrollista que se evita reemplazar –el mismo que trajo Perón– produce inevitablemente inflación. Mejor nos hubiera ido si después de su caída en 1955 se hubiera desnacionalizado el Banco Central, devolviéndole la autonomía de la que disfrutó desde su creación, acabando con la discrecionalidad en la política monetaria. Pero era pedirle peras al olmo.

Este perverso sistema que lleva a un régimen autoritario si no se lo combate, cuenta con la ayuda de la burocracia estatal para su perpetuación, como también de las empresas estatales y los sindicatos, protegidos por leyes fascistas con poderío político y económico derivado de esas mismas leyes. Se le agregan empresarios ligados al Estado que viven parasitariamente de sus prebendas y dádivas. Otro amigo del régimen es la política monetaria y financiera.

El camino de servidumbre se financia con impuestos distorsivos que se cargan a los que trabajan y se vuelve más pesado por el proceso inflacionario que les baja los salarios. La actividad privada retrocede ante el avance de la actividad estatal, y a la vez va perdiendo las libertades individuales que le permite quejarse y reclamar un cambio. Se le quita libertad al productor y al consumidor para elegir, aumentando la planificación del Estado. Todo orden sin libertad implica coacción.

¿Qué nos espera después de las elecciones? Otra vez populismo. No es factible que Alberto Fernández deje de tener en cuenta a los grupos inmoderados que lo llevan al poder, como La Cámpora, la ex presidente y sus cercanos, amantes de esas políticas. Podemos pensar como un milagro que se decidiera a arremeter contra el sistema dirigista, intervencionista y desarrollista, única solución posible para mejorar. Sufrimos el fracaso rotundo del presidente Macri en la economía, por no haberse animado a desmantelar dicho sistema apenas asumió la presidencia. Aumentando la crisis, no hay caminos intermedios.

Hasta ahora se ve claro que ni el radicalismo, ni el peronismo ni el macrismo están dispuestos a cambiar de fondo este sistema perverso. Es muy posible que se vuelva al mismo maquillaje, a los controles de precios, y sigan los acuerdos con sectores empresarios. Pero el Estado no controlará sus propias cuentas, por lo cual seguirá emitiendo moneda, continuando con el círculo vicioso. Olvidan que la correlación entre la variación de la cantidad de moneda y la variación de los índices de precios que miden la inflación, es un fenómeno comprobado en todo el mundo.

Preocupa que los partidos con posibilidad de llegar al poder, como también casi todas las fuerzas empresarias y los sindicalistas, abogan por el sistema económico que nos lleva siempre a crisis y pobreza. Están muy arraigadas las ideas keynesianas por las cuales se cree que el incremento de la demanda a través del gasto monetario originado por el déficit fiscal y la política expansiva del crédito conduce al «pleno empleo». La experiencia muestra que en el largo plazo genera más desocupación, ya que las personas empleadas por el gasto adicional vuelven al desempleo cuando la inflación baja.

A esta altura nos queda lamentar que no haya un partido fuerte, que inspire confianza, con un programa integral que pueda ser la alternativa si las cosas se desmadran. El liberalismo ha avanzado y se están haciendo conocer algunos de sus adalides y sus ideas, pero aún no formaron una alternativa que vote la gente. De todas formas están marcando el camino con ideas correctas. Son la esperanza de restablecer el espíritu y la letra de la Constitución alberdiana, cuyos principios y filosofía se vulneran desde hace tantos años.

Si perduran las instituciones liberales, por las que un sector de la sociedad ha salido a la calle, al menos se puede esperar el intercambio de ideas entre intelectuales, políticos y economistas, y que surjan de allí conclusiones útiles que ayuden a terminar con el populismo demagógico que atrae con supuestos propósitos de justicia social, despilfarrando luego los recursos y empobreciendo a todos.

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Elena Valero Narváez

Autora de El Crepúsculo Argentino (Ed. Lumière, 2006). Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Miembro del Instituto de Economía y Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.