La debilidad de la democracia

Las frecuentes quiebras del orden democrático mucho tiene que ver con una socialización política que no impulsa la formación y vigorización de un sistema de partidos que limite la intromisión de las corporaciones como el ejército, la Iglesia, los sindicatos, las empresas y otras organizaciones en el conflicto político.

Las corporaciones están diseñadas para defender intereses sectoriales. No poseen una perspectiva general de los problemas ni son organizaciones de funcionalidad política, pero tienen un arma de la que carecen los partidos: la coacción política. Pueden crear situaciones que lleven a dictaduras, incluso al totalitarismo.

Los golpes de estado están ligados por lo general a esta dinámica: el Estado interviene necesariamente ante los conflictos que decantan de golpear directamente al poder en busca de demandas sectoriales. La debilidad del sistema de partidos los ha provocado en varios países de Latinoamérica y nuestro país es buen ejemplo. El Ejército, como sector más preparado para mantener el orden, tuvo que intervenir en reiteradas oportunidades, quebrando el precario orden democrático. Los políticos sobrepasados lo pidieron a gritos.

Los partidos son indispensables no solo para dar información sobre las demandas de los votantes, sino para conciliarlas viendo si tienen posibilidades de ser satisfechas dentro del contexto histórico en que se vive. Deben ofrecer soluciones probables a los problemas del total de la sociedad aunque representen a un sector de ella.

Cuando la democracia se debilita, las corporaciones aparecen en la escena política para disputarle su rol. Los sindicatos, las empresas y otros grupos significativos en pos de sus propios intereses, tienden a distorsionar los mecanismos autorreguladores del mercado y a crear privilegios para las corporaciones que tienen más capacidad de presión sobre el gobierno. Le pasan la carga que representan los privilegios y las dádivas que les otorga el gobierno a otros sectores sin capacidad para presionar.

Las corporaciones siempre tienden a liberarse de la protección de los partidos procurando ponerlos a su servicio. En un contexto similar al que describo, el entonces coronel Perón, con un liderazgo improvisado, utilizó los medios de una endeble democracia para destruirla. Su alianza con la Iglesia, el Ejército y los sindicatos permitió la primera dictadura electiva de la Argentina. Fue apoyada por amplios sectores de la población.

Es necesario diseminar a través de la educación una cultura favorable a la democracia y que muestre la importancia de sus pilares: el sistema de partidos, la institucionalización de la opinión pública y el mercado del voto. Sumarle también el respeto por la propiedad privada y el Estado de derecho.

Decidirnos por la democracia, por más imperfecta que sea, nos permite deshacernos de malos gobernantes sin violencia. Es la mejor opción con la que contamos hasta ahora. El sistema político democrático prescribe normas provisorias y perfectibles para elegir, pero la responsabilidad recae libre y enteramente sobre las personas. La gama de alternativas también es limitada.

El mercado del voto donde compiten los partidos políticos con propuestas de gobierno alternativas, es el único método no arbitrario que a pesar de sus imperfecciones no depende de un gobernante autoritario, sino de la decisión de miles de ciudadanos y de un marco normativo común cuyo resguardo depende del Estado. Este marco es el fundamento del sistema de partidos y no la mera existencia de estos.

Los desmanes que sufren los países vecinos son perpetrados por vándalos que no se han incorporado a las estructuras políticas democráticas. A su vez, estas han resultado proclives a ser captadas por liderazgos antipartidos situados al margen de las normas democráticas. A esto se le añaden ideas anticapitalistas que hacen un conjunto peligroso en la lucha por terminar con la democracia.

Los partidos son los encargados de permitir una participación política ordenada. Están especializados en la competencia política para alcanzar el poder de la sociedad global mediante la ocupación del gobierno y dirigir el Estado. Cuando la democracia no funciona por una u otra causa, y el sistema de partidos no logra robustecerse, la democracia suele ser la víctima.

En estos días, Chile muestra que la incorporación creciente de sectores sociales, antes marginales, se ha hecho difícil y es acompañada por una inmensa revolución de las expectativas en el plano psicológico por la mayoría de los chilenos. Se amplió la movilidad social abriendo los canales a la participación política, acelerando nuevos y más altos niveles de aspiraciones, pero también desatando graves conflictos para la estructura democrática.

Hay ideas que deterioran la fe y la práctica de la democracia. Ésta es importante para mantener la paz. Como bien lo expresa von Mises, la democracia no es una institución revolucionaria, sino el mejor sistema para evitar revoluciones y guerras civiles porque hace posible adaptar pacíficamente el gobierno a los deseos de la mayoría, o en la primera elección, deshacerse de quienes gobiernan.

Sin embargo, von Mises aclara que el gobierno del pueblo no significa que prevalezca la masa sino que se pretende a los mejores, pero deben demostrar su capacidad política convenciendo a los ciudadanos en vez de hacerlo con tanques en las calles. Aún así, la democracia no garantiza a los mejores y puede que se elija un gobierno bueno, regular o malo si las ideas de la gente son equivocadas.

En Argentina es lamentable que no se haya fortalecido un sistema de partidos. Con Macri como presidente hubieron esperanzas de que comenzara a formarse, pero ahora cabe la posibilidad de que el nuevo gobierno kirchnerista intente debilitar los embriones de partidos que existen, unidos de vez en cuando por intereses políticos o particulares, y trate de crear un “movimiento” a semejanza del que fundó Perón.

Los “movimientos” intentan terminar con los partidos y con la democracia. Fue objetivo del socialismo marxista, el fascismo, el nacionalsocialismo y los anarquistas. También es el de los populismos que los aceptan transitoriamente hasta alcanzar el poder. Luego la idea es terminar con ellos y también con la política para pasar a la “administración”, hecho que lleva a la burocratización y estatización de la sociedad como a la creación de un “antipartido”.

En las situaciones de crisis como la actual en Bolivia, el poder tiende a concentrarse no solo en los autoritarismos, sino también en las democracias para resolver más rápidamente los conflictos e imponer el orden. Ello puede derivar también en despotismos.

Bolivia, Chile y Argentina, en muchos aspectos tan distintos, muestran que todo gobierno debe satisfacer las necesidades, expectativas e intereses generales aunque no sea en forma completa, para que se mantenga el orden social. Algunos gobernantes se exceden para aumentar su poder intentando eliminar otros poderes, provocando inquietud y ansiedad, por lo que el ejercicio del mandato y su obediencia se hace cada vez más débil o se pierde.

Altas cuotas de poder como las que se apropiaron Evo Morales y Nicolás Maduro, hacen que se hayan animado a manipularlo en su propio beneficio y en el de sus amigos, quienes recibieron recompensas institucionales o prebendarias. Perdieron de este modo credibilidad y consenso, dos elementos fundamentales para conservar el poder.

Los partidos reclaman en democracia que sus líderes se acepten mutuamente. Su existencia responde a que la democracia directa es imposible en una sociedad de altos grados de complejidad. La gente le entrega al partido y a su liderazgo la representatividad de su poder político. Aunque se elige entre oligarquías, este sistema permite no solo que se las revoque periódicamente, sino que se las controle por varios medios, evitando así el poder absoluto porque todos pueden aspirar a los cargos electivos.

Subrayando el carácter cooperativo de la sociedad, vuelvo a Mises: por cuanto la división del trabajo exige la paz, el liberalismo aspira a montar el sistema de gobierno que mejor la salvaguarda: el democrático.

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Elena Valero Narváez

Autora de El Crepúsculo Argentino (Ed. Lumière, 2006). Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Miembro del Instituto de Economía y Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.