Intervencionismo, envidia, ganancias y pérdidas

Hay razones psicológicas muy profundas que subyacen al intervencionismo estatal. Estos fines inconfesables son los que se esconden detrás de toda una retórica que tiene por falso “fundamento” la perorata de la “justicia social” la “exclusión” e incluso muchas veces apelan a sentimientos religiosos como cuando ciertos sectores embanderan un supuesto “amor al prójimo” para justificar el latrocinio estatal. En realidad, los motivos ocultos y reales son muy otros. Veamos:

“Los intervencionistas no se aproximan al estudio de los asuntos económicos con desinterés científico. La mayoría se mueven por un envidioso resentimiento contra aquellos cuyas rentas son superiores a las suyas. Esta inclinación les hace imposible ver las cosas como realmente son. Para ellos, lo principal no es mejorar las condiciones de las masas, sino dañar a empresarios y capitalistas incluso si esta política hace víctima a la inmensa mayoría del pueblo.”[1]

Tampoco tienen conciencia que, a la larga, tales medidas también los terminarán perjudicando a ellos mismos. Portan, por lo tanto, una visión cortoplacista y muy miope que, de todas maneras, en el corto plazo podrá rendirles algún fruto, aunque mas no sea el placer psicológico que les producirá el ver menoscabados a aquellos cuyas fortunas (grandes, medianas o pequeñas) envidian. A pesar del tiempo transcurrido desde que dichas palabras fueran escritas, no deja de ser preocupante que L. v. Mises estuviera describiendo el mundo de nuestros días, demostrando la pobrísima evolución moral de la humanidad en su conjunto. En tal sentido, no hay egoísmo malsano en el capitalismo, pero si los intervencionistas demuestran el peor de los egoísmos imaginables al concebir y aconsejar sus políticas. Las políticas que patrocinan interferencias en el mercado hallan su último fundamento no mas que en razones de mezquindad de sus proponentes.

“A los ojos de los intervencionistas, la mera existencia de beneficios es algo objetable. Hablan de beneficio sin ocuparse de su corolario, la pérdida. No comprenden que beneficio y pérdida son los instrumentos por los que los consumidores mantienen con fortaleza las riendas de todas las actividades empresariales.”[2]

Así, el mismo autor que ahora nos encontramos comentando, ha definido al mercado (en rigor, a su funcionamiento) como la democracia perfecta. En él, gobierna la mayoría, conformada por las masas de consumidores quienes son los que dictan las directivas a los empresarios para que produzcan y comercialicen todo lo que aquellos consumidores desean, tanto en cantidad como en calidad. Otros han hablado de lo mismo nominándolo como el sistema donde prevalece la soberanía del consumidor que es lo que caracteriza al orden capitalista de producción, y que es, precisamente, lo que irrita a los intervencionistas y por lo cual no lo toleran. Subyace en el pensamiento intervencionista la teoría de la suma cero, basada, a su turno, en el tristemente célebre Dogma Montaigne.

“Son los beneficios y las pérdidas los que hacen a los consumidores supremos en la dirección de los negocios. Es absurdo contrastar producción para el beneficio y producción para el uso. En el mercado no intervenido, un hombre solo puede conseguir ganancias proporcionando a los consumidores de la forma mejor y más barata los bienes que estos quieren usar.”[3]

Y por contraste, cuando el mercado deja de ser libre (en todo o en parte) este fenómeno no sucede, porque quien decide quién gana y quién pierde es la autoridad política y burocrática, lo que caracteriza al intervencionismo y lo que marca la época en la que estamos insertos. Hoy en día, el mercado esta tan pero tan distorsionando por el cúmulo de intrusiones gubernamentales que padece siempre inmolado constante por recurrentes medidas políticas, que resulta no sólo extremadamente difícil sino hasta imposible determinar a qué factor especifico se deben las pérdidas y las ganancias de los agentes económicos. Lo que sí es claro que, a medida que el tamaño del estado-nación crece el mercado disminuye y la redistribución (fruto de esa injerencia) hace que los perdedores y los ganadores respectivamente no merezcan serlo.

“Ganancias y pérdidas quitan los factores materiales de producción de las manos de los ineficientes y los ponen en manos de los más eficientes. Su función social es hacer a un hombre más influyente en la dirección de los negocios cuanto más éxito tenga en fabricar productos que reclama la gente.”[4]

Se comprende la importancia fundamental de que el mercado sea libre de manipulaciones estatales que obstaculicen el juego armónico de la oferta y de la demanda, sin normas que alteren precios relativos, sin controles de ninguna índole, sin más restricciones que las que el mismo mercado impone conforme a sus propias leyes. Las ganancias -vigentes tales condiciones- son las señales que le indican -tanto a productores como a consumidores- donde se encuentran los empresarios más acreditados y eficaces. En tanto que las pérdidas revelan a los mismos participantes del proceso quiénes son los menos aptos para el manejo de los negocios en aquellas áreas donde no han obtenido éxitos. Si el gobierno y la burocracia interfieren con este sano mecanismo -a la larga- toda la economía se desploma.

“El consumidor sufre cuando las leyes del país impiden que los empresarios más eficientes expandan la esfera de sus actividades. Lo que hizo que algunas empresas se convirtieran en “grandes empresas” fue precisamente su éxito en atender mejor la demanda de las masas.”[5]

Como decimos anteriormente, el grado de intervencionismo ha crecido tanto que hoy en día resulta ya difícil poder distinguir con claridad cuando una gran empresa lo es debido a la acción del gobierno y cuando a la del mercado. Muchas voluminosas empresas del pasado han sucumbido merced a las interferencias de las leyes que desfiguran el funcionamiento del mercado. Otras, en cambio, se adaptaron a las medidas intervencionistas y renunciaron paulatinamente a lograr sus beneficios por las vías de un mercado libre que, patuletamente, iba siendo sepultado bajo una maraña de normas, decretos, regulaciones, disposiciones, leyes, ordenanzas de todo tipo, sin dejar de lado fallos judiciales atentatorios contra la libertad de mercado. El caos que vive el universo económico de nuestra época halla su origen en todo lo dicho.

http://www.accionhumana.com/2020/02/intervencionismo-envidia-ganancias-y.html

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 10

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 10-11.

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 11

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 11

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 11

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Gabriel Boragina

Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas. Egresado de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas). Fundador, Director, Editor y Redactor de la revista de divulgación académica Acción Humana.