Argentinos nefastos: Aldo Ferrer (1927-2016)

Aldo Ferrer (Buenos Aires, Argentina, 15 de abril de 1927 – ibídem, 8 de marzo de 2016) fue un contador público, economista y político argentino recibido en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y ligado políticamente a la Unión Cívica Radical (UCR).

Comenzó su carrera política en 1953 como asesor del bloque de diputados de la UCR presidido por Oscar Alende. Ocupó el cargo de ministro de Obras y Servicios Públicos (1970), ministro de Economía y Trabajo (1970-1971), presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires (1983-1987), presidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica (1999-2001), embajador en Francia (2011-2013) y director editorial del diario Buenos Aires Económico. Fue uno de los coautores del denominado «Plan Fénix» del año 2001, de neto corte keynesiano. También fue un furibundo adherente a modelos económicos dirigistas y estatistas, y uno de los economistas preferidos del kirchnerismo, fundamentalmente por su defensa del proteccionismo industrial bajo el eslogan «vivir con lo nuestro».

Entre los años 1968 y 1969, Roberto Marcelo Levingston era el presidente de facto del país y Aldo Ferrer trabajaba como funcionario del gobierno militar, impulsando una campaña «Compre nacional» destinada a «sustituir importaciones por fabricación nacional» (sic).

En aquel entonces, las locomotoras de Ferrocarriles Argentinos poseían motores General Electric y usaban una especie de piñón que, dada la política implementada y llegado el caso, debía ser reemplazado por uno de fabricación nacional. El problema era que los piñones fabricados en Argentina se desgastaban rapidamente y había que detener las formaciones (o se detenían solas) cuando un piñón se rompía, teniendo que desarmar todo el motor para colocar uno de repuesto, con un costo sideral ‒para los contribuyentes, pero no para los políticos‒ que no se justificaba ni aunque el piñón nacional fuera «gratis», siendo que en realidad, su fabricación lo hacía más caro que el importado.

Nunca se pudo solucionar el problema. Los piñones originales tenían un tratamiento térmico especial en la aleación del metal, desconocido para las industrias no especializadas, además de una grasa lubricante que YPF no fabricaba. Pero esto no era lo único. También estaba el sistema de inyección Diesel, donde cada pistón tenía su inyector y una «piecita» fundamental en el motor.

No hubo forma de convencer al porfiado Aldo Ferrer de lo antieconómico que resultaba ‒para los contribuyentes, pero no para él‒ desarrollar y fabricar la «piecita» para trenes que requerían una cantidad limitada de las mismas: una por motor. Se recurrió entonces a la Fábrica Militar de Armas «Domingo Matheu», que desplegó un gran empeño en el diseño y la producción del dispositivo.

Puesta en funcionamiento la «piecita» nacional, duraba exactamente diez veces menos que su par original, generando tremendos sobrecostos en términos de reparaciones y unidades detenidas. Los fabricantes nacionales fueron claros: «copiamos la parte geométrica y funcional, pero desconocemos los detalles de la ingeniería de materiales, que seguramente son secretos industriales de empresas que llevan décadas en este rubro».

No contento con esta respuesta, el caprichoso y estólido Ferrer insistió con su propósito de «vivir con lo nuestro», lo que llevó a armar una suerte de estratagema para visitar al fabricante de motores General Electric, con el objetivo de revelar el secreto y alargar la vida útil del piñón y de la «piecita».

La comitiva argentina que viajó (supuestamente no fue con ese único propósito, pero nunca se sabrá…) puso toda la habilidad de la mentada «viveza criolla» para hacerse con el «dato». Sin embargo, este fin fue rapidamente frustrado cuando escucharon decir a los ingenieros de General Electric: «nosotros no fabricamos el piñón ni la “piecita” porque no vale la pena en cuanto a costos. Los importamos directamente desde Alemania, donde hay una fábrica especializada que los hace para todo el mundo».

Gabriel Vénica.

(N. de la R.): Aldo Ferrer falleció en 2016, habiendo provocado la pérdida de decenas de millones de dólares de los bolsillos de los contribuyentes con sus nefastas medidas mientras estuvo en la función pública, lógicamente sin haber reparado jamás sus catastróficos errores con dinero de su propio bolsillo. Siempre se negó a entender que sus ideas jamás funcionaron en ninguna parte del mundo. Pasaron más de tres décadas desde que fue funcionario de un gobierno de facto hasta que se convirtió en un economista del kirchnerismo, sin haber aprendido nada por el camino. Dedicó toda su vida a insistir obstinada y caprichosamente en la aplicación de desastrosos conceptos estatistas, tanto en lo económico como en lo social. Actualmente, en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA se lo considera un maestro en lo suyo y una eminencia en temas de economía. Es por este tipo de personajes que la Argentina lleva estancada ochenta años y continúa sin poder avanzar.

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Ricardo Portilla

Informático. Analista de Sistemas de Computación. Librepensador, escritor y documentalista. Webmaster de Diario El Despertador.