Juan Bautista Alberdi y la vigencia de sus ideas

En Argentina antes del gobierno de Carlos Menem era mala palabra hablar de liberalismo.

Se entendía que tener fe en la libertad era ser socialdemócrata, como eran los radicales, la libertad era divisible, todos aceptaban la libertad política pero no la económica.

Las cosas fueron cambiando desde que se vio que con las reformas de apertura  mejoraba la situación.

Hoy, posiblemente  por reiterados fracasos, la prédica liberal ha calado hondo en muchos argentinos, han visto que pertenecer al mundo subdesarrollado no trae ventajas.

No son pocos los jóvenes que se han dejado conquistar por las ideas de la libertad.

Al  sentirse privados de ella están comprendiendo lo que significa poder explorar el cuerpo y el espíritu, sus posibilidades,  reconocerse  y reconocer a los otros como personas.

En vez de una meta, la libertad es un horizonte, no les asegura la felicidad o la certidumbre pero les permite ejercitar la posibilidad de realizarse

Es en suma, la garantía del individualismo que exalta la responsabilidad personal, permite la crítica al propio grupo y la acción electiva.

El agotamiento de las experiencias  kirchneristas es remarcado por nuevos líderes  que refutan   las teorías socialistas, marxistas y populistas.

Tengo la convicción de que hay  un florecimiento de las ideas liberales, como decía Ortega,  en la lucha  por su destino el hombre hace mundo.

Las fundaciones liberales, varias en el país, han ayudado pródigamente en la divulgación de grandes pensadores liberales.

Hayek,  Mises, Friedman, Sowell entre otros, ya no son desconocidos y se ha vuelto con pasión a uno de los padres fundadores: Juan Bautista Alberdi.

Es importante que se revalorice en escuelas y universidades al padre de la Constitución y su prédica,  en Argentina faltan muchos Alberdi.

Sus ideas  no diferían de las de Belgrano,  San Martin,   Sarmiento,  Mitre,  Ingenieros, Juan B. justo y Repetto.

Todos se  insertaban,  más allá de sus diferencias,  en el liberalismo clásico.

Aceptaban los logros de la cultura occidental: el respeto a las personas,  el poder limitado,  la libertad de comercio y de expresión,  así como de religión y el Estado de Derecho.

Deseaban que el Estado  limitara su acción, permitiendo a las personas  realizar su vida como quisieran mientras no avasallaran los derechos de los otros.

Intentaron organizar al país imitando el perfil  de los países más progresistas del mundo.

La Generación del 37,  a la que pertenecía Alberdi,  inspiró a  la del 80, la cual realizó  un esfuerzo de gigantes,  en un país donde todo estaba por hacer.

Con la llegada de los ferrocarriles vieron la importancia que estos tenían para el despegue.

El crédito exterior ayudó a realizar la infraestructura necesaria para salir adelante; leyes y acciones tendieron a eliminar las trabas a la libertad individual.

Hoy, la esperanza de nuestro país son los jóvenes y el combustible para la acción se encuentra en las ideas liberales.

Tienen que cultivarse, estudiar,  observar la historia,  reaccionar ante la Argentina actual, mejorarla.

Hay que alentarlos  para que no  esquiven la responsabilidad ni renuncien al derecho de construir su propio destino.

Deben  rechazar los partidos de un solo hombre.

El Gobierno actual no  piensa como Alberdi, quien predicó que la política no debía tener miras diferentes de las miras de la Constitución.

La libertad estaba unida al concepto de rechazo a la arbitrariedad política y al de justicia.

Creía que el destino político de un país no dependía solo de sus habitantes,  de sus aptitudes,  sino también del acierto en la elección del sistema de gobierno.

No admitía la subordinación absoluta del individuo a la sociedad y desechaba la idea de bienestar general adquirida a expensas del derecho y de la libertad individual.

Consideraba,  el preclaro hombre de leyes,   a la propiedad  privada como principio  general de la riqueza, la glorifica en la Constitución considerándola inviolable.

Todo hombre tiene el derecho de gozar, usar y disponer de ella libremente porque es el móvil y estimulo de la producción y el aliciente para el trabajo y la riqueza.

Alertaba sobre los dictadores que la reconocen pero siempre atacan el uso y la disponibilidad, de facto,  se la apropian.

Alberdi  se está convirtiendo en maestro  de ésta generación.

Cuando se crea riqueza, señalaba, no hay que olvidar a quienes han participado para producirla.

Es necesario que el productor reciba la parte que le corresponde porque de lo contrario dejará de colaborar en el futuro o trabajará menos y menguará la prosperidad del país.

En cuanto a las leyes que obstruyen  la producción Alberdi demandaba que no le hicieran  sombra, asegurando a todos el fruto de su trabajo y producción.

Entre sus enseñanzas recalco  la trascendencia que daba a los tratados de amistad y comercio con otros países con garantía de nuestro régimen constitucional.

Los argentinos están entendiendo la importancia de una mejor justicia y reglas que detengan las arbitrariedades de los gobernantes y defiendan la propiedad privada.

Es condición necesaria porque genera riqueza y porque  al elevar los grados de libertad permite construir centros dispersos de poder económico, que actúan como limite al Gobierno.

Al mismo tiempo  vigorizan los derechos del individuo y de la sociedad civil  en su conjunto.

Perdimos el papel preponderante que alcanzamos a principios del siglo XX con ideas autárquicas,  nacionalistas y autoritarias.

En  1943 comenzó el gran cambio que acabó con la obra fundamental que con tantas dificultades se había realizado en Argentina.

Esperemos que la mayoría de los argentinos  cerremos filas detrás de las ideas liberales  para luchar contra el naufragio

Los países que progresan son los que orientan su economía hacia afuera integrándola al mercado mundial

Deberíamos haber aprendido la lección ya que la política de autarquía económica fue moneda corriente en nuestro país durante buena parte del siglo XX.

La Constitución alberdiana promueve la libertad económica, por ello,  si le abrimos los brazos,  las fuerzas productivas se pondrán de pié.

La fórmula capitalista  nos dice que a  más  acumulación se aumenta el capital y a más capital por trabajador aumenta la  productividad, la  inversión, la riqueza y el consumo.

Nuestra prosperidad económica depende también de la prosperidad política, si logramos tener un sistema judicial eficiente y  funcionarios honrados disfrutaremos de un mejor nivel económico.

Vayamos a votar!  Siguiendo a Alberdi “todo soberano paga su pereza con su corona”.

.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

Elena Valero Narváez

Autora de El Crepúsculo Argentino (Ed. Lumière, 2006). Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Miembro del Instituto de Política Económica de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.